A
los escritores de mi generación se nos ha conocido
en Chile como de "la Generación de 1938", pudiendo
incluirse en ella a Eduardo Anguita, Braulio Arenas,
Enrique Gómez Correa, Teófilo Cid, Irizarri, Eduardo
Molina, Julio Molina Müller, Guillermo Atías (o
Anuar Atías), Iván Romero, Rene Ahumada, Raúl
Vicherat, Robinson Gaete, Juan Tejeda, Santiago del
Campo, Gonzalo Rojas, Volodia Teitelboim, Héctor
Barreto y yo. Un pequeño grupo (Del Campo, Guillermo
Atías, Irizarri, Ahumada, Iván Romero, Julio Molina
y Barreto) nos reuníamos en la noche a conversar y
leernos nuestros cuentos y poemas en un
café-restaurante de la calle San Diego, el "Miss
Universo", que, como tantas otras bellas cosas, ya
no existe más. Y era Barreto quien nos mantenía
atentos a sus historias improvisadas, haciendo que
la noche pasara casi sin sentirse. ¿Cómo poder
olvidar "El pasajero del sueño", "Rito a Narciso",
"Jasón" y "La ciudad emferma" (él pronunciaba "em-ferma",
con "m", poniendo énfasis en ello y con un
gesticular único). En verdad, Héctor, tan joven aún,
vivía en la Grecia antigua y como si él mismo fuera
la reencarnación de Alejandro Magno, a quien nos
describía físicamente cual si sólo acabara de estar
en su presencia. Para nada nos interesaba en esos
años la política y vivíamos inmersos en los libros
de Panait Istrati, Knut Hamsum y los rusos,
Dostoievsky, Boris Pilniak, Sevolod Ivanov; o los
poetas Miloscz, Pedro Prado, Omar Cáceres (quien se
apareció en nuestras tertulias para recitar su "Azul
deshabitado"), Vicente Huidobro, Augusto D'Halmar
(con su La sombra del humo en el espejo),
Salvador Reyes, Pablo de Rokha, Neruda y Joaquín
Edwards Bello, entre otros.
Fue
por esto que una noche recibimos con total asombro
la confesión de nuestro "héroe griego", Héctor
Barreto, de que había decidido participar en la
política y se había inscrito en la Juventud
Socialista. ¿Cómo era posible —exclamamos— que "El
pasajero del sueño", que "Jasón", hubiera hecho
esto? ¿En qué quedaba ahora su búsqueda desesperada
en las calles nocturnas del viejo Santiago, en la
montaña, en nuestras mágicas cumbres, de la "Ciudad
de los Césares", del "Vellocino de oro"?... Lo estoy
viendo, como si fuera ayer, con su rostro moreno y
sus ojos profundos, golpeándose la frente (en un
gesto muy suyo) y respondernos: "Lo hice porque me
producen dolor los niños pobres descalzos bajo la
lluvia"...
Esos eran los años de la Revolución Española, del
"Winnipeg", de la gran tensión política planetaria
previa a la Segunda Guerra Mundial y, en Chile, las
juventudes políticas uniformadas también combatían
en las calles. Y fue así cómo una noche Barreto
murió asesinado. A nosotros, sus hermanos, sus
amigos entrañables, nos afectó más allá del alma, en
las entrañas del mismo ser. Los soñadores, los
reclusos, debimos también salir a las calles a
luchar por un cambio a fondo en la sociedad chilena.
Guillermo Atías, Irizarri y Julio Molina entraron al
socialismo. Yo empecé a escribir en periódicos de
izquierda. Barreto se había hecho muy amigo de Raúl
Ampuero; yo también, hasta su muerte.
El
funeral de Barreto fue algo enorme, cuadras y
cuadras; todos los escritores chilenos, de cualquier
generación (Huidobro, de Rokha, Neruda, nuestro
amigo Sánchez Latorre); todos los políticos (Schnake,
Ricardo Latcham, Julio Barrenechea y Marmaduque
Grove, como líder de ese homenaje). Ahí conocí a
Blanca Luz Brum, quien iba a mi lado y, al ver mis
ojos húmedos, me dijo: "Ánimo, camarada", tomando mi
mano y apretándola. En el cementerio, junto a la
bella tumba, hecha por el escultor Banderas, con la
mascarilla del rostro de Barreto muerto, que él
mismo le sacara y que me había regalado esa mañana
(aún la conservo, habiendo viajado conmigo por todo
el mundo). Y allí quedó, entonces, su réplica
(mirando al cielo, a través de los párpados
cerrados, durante todas las estaciones, bajo el sol
y la lluvia) hasta ahora, cuando desconocidos la han
roto a golpes de martillo. Don Marmaduque terminó su
discurso de aquél día diciendo: "¡No pasarán...!".
Sin embargo, han pasado... ¡tantas cosas!
Con
jóvenes amigos vamos a reparar la tumba en el
Cementerio General, de modo que el rostro de Héctor
Barreto pueda seguir contemplando más allá del
cielo, más allá de las estrellas, su Grecia
inmortal, su monte Olimpo y el Templo de Delfos,
donde tal vez él fuera un hierofante, hace muchos
siglos ya.