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"La muerte de Ezra Pound" |
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Artículos y ensayos
Monumento a Ezra Pound en Medinacelli |
A
treinta años del fallecimiento del poeta norteamericano, Miguel
Serrano recuerda un emotivo acto celebrado en su memoria en
Medinaceli, España
Me enteré de la muerte de Ezra Pound en
Madrid, en los periódicos. Los españoles le rendian sentido
homenaje. Eugenio Montes refería el entierro en Venecia, donde me
transportaba con la imaginación nuevamente, hasta su casita de la
calle Querini, viéndole ahora ir en su último viaje en góndola
oscura, por los canales, hasta el cementerio de la isla de Saint
Michele. El periodista Eugenio Montes contaba que en la última
entrevista que tuvo con el poeta -hace muchos años, seguramente-,
éste le había preguntado: "¿Cantan aún los gallos del Cid al
amanecer en Medinaceli?". Y agregaba que Pound había visitado
Medinaceli en 1906, siguiendo la ruta del Cid. Pound amaba el poema
del Cid, que consideraba superior aun a la Canción de Rolando. Había
viajado a España para rehacer el antiguo camino del "Campeador". De
este modo había llegado a ese misterioso pueblito de las alturas,
que se conserva como en el medioevo. De nuevo me encontraba en un cuarto de hotel, en Madrid ahora. Era de noche y quise continuar el diálogo, interrumpido en otra noche de Venecia, con el fantasma de mi amigo, ya desprendido en definitiva. Y el fantasma vino y se sentó en una silla, no sé dónde, de seguro no allí en ese cuarto de hotel, y se puso a hablar, a hablar, como no lo haría hace tanto tiempo. Estaba otra vez joven y recitaba poemas cósmicos, decía cosas inmortales, bellas, inmensas, como la ciudad de Venecia, como el paisaje de Castilla, como las montañas de la Luna. Yo escuchaba y olvidaba. Porque todo eso se olvida, y no se debe recordar. Un monumento en Medinaceli
Días después volví a Medinaceli. Me enteré que allí vivía un
chileno, el profesor Fernando de Toro Garland. Conversamos. Me habló
también del artículo de Eugenio Montes y de las palabras de Pound
sobre los gallos del Cid. Se le había ocurrido la idea de sugerir a
las autoridades españolas erigir un monumento a Pound en Medinaceli,
que registrara esa frase y el paso por allí del gran poeta americano
al comienzo del siglo. Le animé en su empeño. Desde ese momento
estuvimos en contacto personal o por carta. Seguí así todas las
vicisitudes de sus esfuerzos. Las autoridades españolas del pueblo y
varios amigos de Madrid colaboraron con entusiasmo. Labradores,
picapedreros con sus mulas, transportaron una enorme piedra de los
montes celtíberos, descascarada por los milenios, a través de las
nieves del crudo invierno. Herreros del medioevo forjaron letras
simples y antiguas para ser enclavadas en la piedra, con la frase de
Pound: "¿Cantan todavía los gallos del Cid al amanecer en
Medinaceli?". Se
eligió la más bella plaza de la ciudad de las alturas (Medina en
árabe significa ciudad; celi es cielo), y, allí bajo un árbol añoso,
se enclavó la piedra. Será también una fuente, porque el agua
correrá por su arrugada y resquebrajada superficie. Esa piedra es
como el rostro de Pound en sus últimos años. Se eligió el día 15 de
mayo de 1973, día de San Isidro y de los festivales de la ciudad,
para la inauguración del monumento. Me encargué de que Olga Rudge,
la compañera de Ezra Pound, pudiera ir. Olga tenía setenta y ocho
años y no iba a parte alguna. Pero fue a Medinaceli. Vinieron ese día poetas jóvenes españoles desde Madrid, con Jaime Ferrán, traductor de Pound. Se hallaban presentes en Medinaceli también algunos norteamericanos y pintores que allí viven. Y todo el pueblo vestido de día de fiesta, con sus trajes cuidados, con sus boinas, sus bastones de pastores, sus bordones de peregrinos de las alturas, sus rostros nobles, de roca castellana, sus hijos, sus nietos, que ya parten a las grandes urbes de la planicie, ciudades sin poesía. Todos estaban allí para rendir homenaje a ese poeta de otras tierras, de otros mundos, que ellos nunca conocieron, que no leyeron -porque muchos no saben leer-, pero que conocen desde dentro, con su alma de roca, que se parece al rostro del poeta muerto, del poeta ecuménico. Se encontraban allí los perros y las mulas que acompañaron y trajeron la piedra, estaba el herrero, el cura, el guardia civil, y el vino y el agua y el pan, la yerba y los pájaros de Medinaceli, de la Vieja Castilla. También estaban los gallos del Cid y Pound. De esos dos guerreros desaparecidos. Los signos celestes El día anterior supe que debía hablar en el homenaje; Olga Rudge quería que yo dijera algo en ese momento. ¿Qué cosa? ¿Qué decir que pudiera parecerse al silencio de Pound y de la Ciudad de Cielo? De amanecida me fui a caminar por las calles de la ciudad muerta, entre ruinas. Llegué a la plazuela del monumento y me senté bajo el árbol, junto a la roca. Llevaba conmigo un libro recién publicado en Barcelona por la Editorial Barral: Introducción a Ezra Pound, con traducciones y comentarios de Carmen R. De Velasco y Jaime Ferrán. Lo abrí y leí: "La piedra bajo el olmo tomando forma ahora curva la piedra en su borde la piedra que en el aire toma forma..."
Era el canto XC. Me detuve perplejo. Pero...
¡aquí está la piedra y, precisamente, éste es un olmo! Nadie lo
había pensado antes, nadie lo supo. Esto se hizo solo. Pero... ¿se
hizo en verdad solo? Recordé la frase de Nietzsche: "Las cosas
vienen a nosotros deseosas de transformarse en símbolos". Y Rilke:
"¿Qué otra cosa quieres tú, mundo, sino transformarte en invisible
dentro de nosotros?".
O bien, los sueños se hacen visibles fuera de
nosotros... Esto es lo que Jung llamó "sincronismo",
"coincidencias", "fenómenos acausables", y Nietzsche, "azares llenos
de sentido". Puro "sentido", pura "magia", puro milagro, en verdad,
todo y nada. ¿Quién dirige esto? ¿Quién lo ha ordenado? ¿Acaso el
mismo Pound? ¿O ese Ser que compone el paisaje, según el más alto
sentido de la belleza, que hace crecer allí un árbol en el horizonte
de Castilla, para que pueda ser contemplado desde la altura a través
de un arco de piedra en ruinas? Ese Ser, emocionado, "tocado" por la
belleza o la profundidad de los pensamientos, de los sueños, de los
versos de un hijo del cielo y de la tierra, quiere así manifestarse
cuando él vuelve a su seno. ("La naturaleza imita el arte"). Tal vez
sea la misma tierra, la Madre Tierra, el Espíritu de la Tierra.
Cuando Jung murió, estalló una tormenta inesperada en esa época del
año y un rayo cayó sobre el árbol bajo el cual se sentaba,
marcándolo para siempre. Cuando Ezra Pound murió, las cosas, la
roca, el árbol, la naturaleza, recitaron un poema suyo, se ordenaron
como uno de sus versos: "La piedra bajo el olmo...".
Y aún más: "Ha penetrado el árbol en mis manos, la savia por mis brazos ha ascendido el árbol en mi pecho se hizo grande, hacia abajo, salen de mí las ramas como brazos. Árbol eres, musgo eres, eres violeta que acaricia el viento... Mueren los árboles y el sueño permanece".
¿Qué más puede desear un gran poeta que sus
poemas sean recitados por las cosas? ¿Qué más puede desear que un
mirlo cante en su homenaje? ¿Qué prueba mayor puede darse de que un
hombre es grande, de que un poeta lo es, que el cielo, o la
naturaleza, se manifiesten así para confirmarlo?
Aún canta un mirlo en Medinaceli. Y canta por
Ezra Pound. en Revista
de Libros de El Mercurio
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