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Los geógrafos más inteligentes, con indudable cautela, han dicho que
los seres humanos viven condicionados por el paisaje, llegando a ser
como frutos de la tierra. Incluso, su intimidad anímica experimenta
notables variaciones. No da lo mismo nacer y vivir en el norte que
en el sur del mundo. ¿Será posible que existan diferentes maneras de
pensar? ¿Con la cabeza, con el corazón, con el plexo solar?
Ese problema, de solución difícil por no
decir imposible, nos plantea Miguel Serrano en el primer libro de su
"Trilogía de la busqueda en el mundo exterior". Esos tres libros,
publicados en diversas épocas, se titulan "Ni por mar ni por
tierra", "Quién llama en los hielos" y "La serpiente del Paraíso" (
Editorial Nascimento)
El autor se aproxima al desafío permanente
de conocer lo que significa una generación en un momento de la
historia. Y dice que, " descubierta América, nos impusieron una
cultura y un alma extrañas ". Pero las fuerzas poderosas del paisaje
libraron la batalla, para defenderse, una y otra vez, de esa
penetración cultural que perseguía crear un estilo de vida.
Este canto de chilenidad, rico en
acotaciones mágicas y folklóricas, incita al hombre a elevarse a la
conquista de un espíritu propio: "Hay que abrir el seno de los
montes y descubrir los nuevos dioses que esperan". Termina el primer
libro con un desafío espiritual. Descubrir las corrientes submarinas
que conducen al oasis que existe entre los hielos. De ahí parte la
historia de la búsqueda en la Antártida, los escritos, casi
alucinados, del país austral de los hielos y del sol blanco. El
viaje es largo, meticulosos. Viene a ser como el deseo de conocer la
soledad, la tierna indiferencia, el origen de una tierra que palpita
entre furiosas ventoleras. ¿Acaso el Continente helado no sea la
vieja y fabulosa Atlántida?
Sabido es que Tomás Carlyle, en su libro
"Los Héroes", narra la singular aventura de un grupo de dioses y de
gigantes. En esas páginas se ha glosado la posible simbología de la
Serpiente.
Thor, dios del trueno, tiene una fuerza colosal, maneja una
formidable maza a cuyos golpes hace saltar las montañas. Lo invitan
a luchar con un gato. Apenas si consiguió alzar un poco el espinazo
del animal. Más tarde le será dada una explicación. El gato era la
Gran Serpiente del Mundo, la cual, con la cola en boca, ciñe y
conserva la creación entera. Si el Dios la hubiera derribado, el
mundo entero hubiese caído desplomado en confusión y ruinas.
Diversas mitologías orientales conciben así
la realidad hipotética de la gran serpiente.
Miguel Serrano recoge varios mitos, les da excelente forma literaria
y se apresta a exponer conclusiones existenciales, no exentas de
imaginación.
En sus primeras páginas dice lo siguiente:
"Estuvo enrollada en el Arbol del Paraíso, también repta debajo de
las aguas. ¿Cómo es el Arbol del Paraíso?"
Surge la explicación impresionista: "Es
igual a la columna vertebral del hombre; hunde sus raíces en
obscuras y sensibles profundidades, en donde el placer reposa, y
luego sus ramas ascienden hacia el sol o hacia diversos soles. ¿Son
las ramas las que ascienden? No, es la Serpiente. El veneno de la
serpiente también se llama Dios, también se llama inmortalidad".
Estas afirmaciones, que sintetizan el
triple juego de la comparación, de la imagen y de la metáfora,
encierran una espiritualidad bastante difusa, que bien puede
resolverse en la idea, casi panteísta, de que Dios se ha detenido en
todas las zonas del mundo, en la tierra, en la flor, en un hombre.
Miguel Serrano, con los movimientos de la
serpiente, nos lleva a ciertas ideas iniciales de su Trilogía.
El árbol, cuanto más se eleva en busca de
azul y de cielo puro y trascendente, más hunde sus raíces en la
tierra. La espiritualidad no es producto puro, sino que se nutre de
fuertes conmociones telúricas y de concreto existir, con sus
miserias y sus logros de felicidad.
Se nos presenta el tema de la vaca en
relación con el hinduismo. Y con algunas afirmaciones, pulveriza un
mito casi milenario. El autor nos lleva cerca de un santón, especie
de dios vivo. Está tendido como una odalisca sobre un sofá muelle,
rodeado de fieles arrobados. El santón, de vez en cuando, toma una
manzana y se la arroja a uno de sus preferidos , a un fiel
apretujado en un rincón, que la recibe con humildad y, al mismo
tiempo, con orgullo, por haber sido elegido del dios.
Cabe preguntarse: ¿Qué hay aquí? ¿Una
actitud desmedida del yo? Los lectores pueden pensar que el santón
está dando forma externa a un mito, que no es, precisamente, el de
la "manzana de la Discordia". También es posible que esa fruta
encierre el simbolismo del barro adánico y de sus instintos.
Discurre en torno a la posible tumba de
Jesús. La erudición se combina con atrevidas lucubraciones. En unas
páginas afirma: "Para escribir un libro sobre la India, que sea
auténtico, que diga algo importante, en medio de tantos libros ya
publicados, hay que tomar más en serio la leyenda y el mito que la
historia".
Es cierto que la leyenda y el mito
encierran verdades históricas, mimetizadas, como premonición o
recuerdo de hechos acaecidos. El historiador, con pausa, desentraña
los puntos de contacto, y entonces lo que parecía mágico se
clarifica de tal manera que los mitos surgen como la metáfora
complicada de varias realidades o de inteligentes engaños.
¿Qué representa, en definitiva, la
Serpiente del Paraíso? Tal vez, la líbido, la luz astral, el
principio y sostén del mundo.
La vida del hombre es una inacabada
ascensión, no en línea recta, sino en serpentinos intentos. Los
místicos utilizan la simbología de las dos llamas, la morada
interior. También dignifican la magia del sonido, de una música que
es de todas la primera.
Por lo general, las obras de Miguel Serrano
son un alarde de fugas oníricas, yuxtaposición de leyendas y mitos.
Tuvo la virtud de introducir en la literatura chilena ese fermento
de poesía que subyace en los temas de la transmigración, de lo
brahamánico y del amor como inefable misterio.
Se aleja de lo novelesco, para introducirse
en los dominios del ensayo. Pero de un ensayo que sólo tiene
señalados algunos puntos esenciales. El resto es la mezcla, no la
combinación que origina un nuevo producto, de las teorías
psicoanalíticas de Pierre Janet, Freud, Jung y Adler.
Jung, precisamente, comentando uno de los
libros de Miguel Serrano, dijo que "era un sueño dentro de otros
sueños". Desde hace algún tiempo, la relación entre mitología y
literatura está señalando uno de los caminos casi vírgenes de la
estilística.
Del autor de esta Trilogía se podría decir:
Escritor surrealista, intérprete de un subconciente colectivo
americano, enamorado de los mitos, kafkiano, a veces.
Un ejemplo de su estilo: "La muerte llega
para todos. La diferencia es ésta: vendrá un joven con una flor y te
rozará con ella los labios o la frente. También es posible que la
flor venga sola. Y entonces tú saltarás a esa flor y te quedarás en
ella".
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