"-A
ver, Volodia, siéntate aquí al frente, ponte cómodo.
Al fin, tú y yo tenemos que conversar alguna vez en
esta vida", escribe Miguel Serrano en el cuarto tomo
de sus Memorias de Él y Yo (1999). Pero Volodia
Teitelboim no está presente. Serrano sólo se lo
imagina y reproduce entonces "una conversación
inexistente".
Convocados a un encuentro literario en homenaje al
poeta Gonzalo Rojas, Teitelboim y Serrano viajaron
en 1998 a la ciudad de Concepción. "Esto de Volodia
se ha hecho ya una costumbre necesaria -escribe
Serrano-. Lo invitan para 'disculparse'; como si
dijeran: 'Si invitamos a un comunista, también
podemos invitar a un nazi'". El último día del
simposio, son los únicos que se quedan en el Hotel
Araucano; el resto de los invitados parte de visita
a Lebu, la tierra natal de Rojas. Se encuentran en
el acceso del hotel y es entonces -cuenta Serrano-
cuando piensa en invitarlo a conversar -"¡Ah, tantos
años!"-, pero se arrepiente, cree que Volodia no
hablará con la verdad. Y lo deja pasar.
Más de sesenta años antes de ese fugaz encuentro,
dos jovencitos atraídos por la literatura se conocen
en las tertulias que Vicente Huidobro organiza en su
casa de la calle Alameda. Intercambian opiniones.
Inician una amistad. Uno de ellos es sobrino del
poeta creacionista y descendiente de una de las
familias más tradicionales de Chile, en la que
figuran sacerdotes y monjas; el otro, hijo de judíos
ucranianos establecidos en Chillán, ha viajado a la
capital para estudiar Derecho en la Universidad de
Chile. También asisten Eduardo Anguita, Teófilo Cid,
Braulio Arenas
Poco tiempo después, aquellos dos jóvenes remecen la
escena literaria chilena. En 1935, Volodia
Teitelboim publica, junto a Eduardo Anguita y bajo
el innegable influjo de Huidobro, la Antología de la
poesía chilena nueva, en la que se omite el nombre
de Gabriela Mistral, Neruda es incluido sólo con
algunos poemas, Huidobro se lleva la mayor cantidad
de páginas, y, como si fuera poco, se reproducen
poemas de los antologadores. No habían terminado de
aquietarse los ánimos después de este "escándalo"
cuando el otro joven lanza su propia bomba: la
Antología del verdadero cuento en Chile aparece en
1938 e incluye textos, entre otros, de Carlos
Droguett, Juan Emar, Braulio Arenas, Héctor Barreto
y -cómo no- de Miguel Serrano. En su prólogo,
Serrano manifiesta la incomodidad de esta generación
del cuento -que según él ha dejado atrás a la
generación de la poesía- con las condiciones en las
que vive el artista en Santiago de Chile, "una vida
de perro negro", de "vejaciones económicas y
espirituales".
Tiempos de efervescencia literaria que coinciden con
las convulsiones políticas y sociales en Chile y en
el extranjero. La guerra civil española, la Segunda
Guerra Mundial, la matanza del Seguro Obrero, el
nazismo, el fascismo y el estalinismo dividen
radicalmente las aguas y los dos jóvenes
protagonistas de esta historia quedan en orillas
opuestas. Para siempre. Aunque no dejan de
observarse el uno al otro.
Tuve la oportunidad de entrevistarlos y de conversar
varias veces con ellos. Y nunca dejó de sorprenderme
cómo sus vidas, unidas por la juventud y la
literatura, pudieron tomar caminos tan
simétricamente paralelos. Cómo ambos abrazaron
doctrinas condenables y que a estas alturas resultan
obsoletas. Cómo los dos expresaron el amor a Chile a
través del servicio público, Serrano como embajador,
Teitelboim en el Parlamento. Grandes oradores, los
dos combinaban la erudición con el lenguaje poético
incluso en la conversación cotidiana. Y en gran
medida, los dos perjudicaron al escritor en pro de
sus ideologías. En una entrevista de 1996, Miguel
Serrano dijo: "Sé que mi adhesión al nazismo me ha
cerrado puertas. Yo lo sabía, pero si cortara eso,
me estaría mutilando a mí mismo, porque no hay
ninguna dicotomía entre mi obra, la que dicen
puramente literaria, y mi manera de pensar. El
Premio Nacional de Literatura, por ejemplo, me
correspondía hace mucho tiempo. Pero sé que no tengo
ninguna posibilidad porque no pertenezco al sistema.
¡A mí no me lo van a dar jamás! Se lo darían antes a
Volodia, pero a mí no". Tenía razón, y en ese punto
se diferenciaron. Volodia recuperó el tiempo perdido
para la literatura no sólo escribiendo, sino dejando
atrás la imagen del político estalinista duro, y
obtuvo el Premio Nacional, después de varios
intentos, en 2002.
El funeral de Eduardo Anguita -de nuevo la poesía-
los reunió en agosto de 1992. Amiga y secretaria de
Volodia por veinte años, Jimena Pacheco, lo acompañó
y recuerda cómo al llegar al cementerio él le dijo:
"Me voy a encontrar con Miguel Serrano y mañana
vamos a ser portada del diario". No se equivocó. La
fotografía de Miguel Serrano y Volodia Teitelboim
junto al ataúd fue el más elocuente homenaje no sólo
al amigo poeta sino a la Poesía, con mayúscula.
Uno en cada orilla, tuve la ilusión de poder
juntarlos a principios de este nuevo siglo. No en un
acto público, ya me habían negado los dueños del
Libro Café de Bellavista, en 1999, y los
organizadores de las tertulias Tobacco & Friends, en
2001, la posibilidad de entrevistar a Serrano. Sí
pude hacerlo con Volodia Teitelboim. La
"conversación inexistente" me dio la clave. Visité a
Miguel Serrano y le pregunté si estaría dispuesto a
hacerle diez preguntas a Volodia y a contestar otras
tantas que él le hiciera. Le causó un poco de risa,
como a un niño pensando en una pillería, y me dijo
que sí. Y me confirmó el aprecio que sentía por ese
Volodia que había sido su amigo y compañero de
generación. En una comida de escritores se lo
propuse a Volodia, y su negativa fue terminante,
pero aun así le pregunté por qué. "Ha pasado mucho
tiempo", me dijo, y su mirada fue triste.
Volodia Teitelboim murió el 31 de enero de 2008, a
los 91 años. Miguel Serrano murió a la misma edad,
el pasado 28 de febrero. Los dos dejaron sus
memorias publicadas en cuatro tomos.
"Nos quedamos en silencio -escribe Serrano al final
del diálogo imaginado-. Entonces, Volodia dice:
-¡Tú y yo hemos buscado lo mismo por caminos
opuestos!
-Sí, totalmente opuestos, cósmicamente opuestos, por
la eternidad opuestos...".