Son las seis de la mañana del día 8 de junio. Abro las puertas de mi cuarto
en Nueva Delhi, que da a una pequeña terracita blanca, que ya refulge con el
sol. El calor tremendo de junio comienza temprano. Estoy semidesnudo y
empezaré mis ejercicios yogis de adoración al sol, el "Suryanamaskar". El
verdor increíble de los árboles, aun en este tiempo, el canto de infinidad
de pájaros me saludan. Un sirviente local, con turbante, se acerca con ese
andar cadencioso de los indios y me dice: "Salam, Sahib". Es su saludo
respetuoso. Me extiende un papel. Es un telegrama. Lo abro sin apuro, casi
sin poner atención. Veo que viene de Zurich y me extraña que así sea.
Empiezo a leerlo y quedo perplejo. El cable dice así: "El Dr. Jung murió
ayer a mediodía, apaciblemente. Recuerdos". Lo firman Beiley y Jaffe. La
señorita norteamericana que acompañaba al Dr. Jung, llevándole a su casa,
una mujer extraordinaria, y su secretaria privada, de nacionalidad suiza.
Una emoción grande me inmoviliza ahí, con los
ojos húmedos, tal vez por el sol tan intenso, o quizás no. Hace tan poco que
he estado con el Dr. Jung en su casa de Küsnacht, junto al lago de Zurich.
Tal vez habré sido el último amigo extranjero que le viera. Esta noticia me
ha llegado al alma. Mis relaciones con ese gran hombre, con ese genio
extraordinario, han sido en verdad únicas. (...) He tenido la suerte enorme
de ser prologado por Jung, siendo la primera vez y la última que él diera un
prólogo para una obra puramente literaria.
Recibí una carta suya cuando nuestros
terremotos del año pasado. Me decía: "Aunque los hombres de ciencia modernos
no lo acepten, hay una relación entre el alma y la Naturaleza. La Madre
Naturaleza se pone ahora a tono con nuestra civilización y empieza también a
destruir. Por desgracia le ha tocado a su país. ¡Cuánto he pensado en Chile
últimamente!".
El recuerdo vuela, veo su imagen, la
tengo presente. Llegué hace muy poco a su casa bajo una fina lluvia. La casa
de Jung queda en las afueras de Zurich, en Küsnacht. En el pórtico de la
entrada se lee una frase en latín, que dice, más o menos: "Piénsese o no en
Dios. El está siempre presente". Adentro hay cuadros y objetos bellos,
grabados antiguos, pinturas medievales. Me recibió la señorita Beiley, quien
me invitó a pasar a una salita en donde sirvió el té.
Hablamos del Dr. Jung. Ella me dijo que no
había estado bien los últimos días, sintiéndose muy cansado a causa de un
trabajo intenso en un ensayo de ochenta páginas que había escrito a mano,
como siempre, directamente en inglés, para una publicación norteamericana
que aparecerá próximamente con el título de El hombre y sus mitos. La
señorita Beiley está preocupada. Me cuenta que Jung le ha dicho: "Deseo
partir, pero usted me sujeta aquí". Ella no lo cree, pues piensa que el Dr.
Jung todavía siente atracción por la vida y la tierra: "Tiene aún demasiado
sentido del humor, dice, demasiado entusiasmo". (...) Acabo de encontrarme
en Montagnola, en la Suiza italiana, con Hermann Hesse y le he preguntado
sobre lo mismo. El me ha dicho que "morir es ir al Inconsciente colectivo de
Jung, para luego, desde ahí, volver a las formas, a las formas...". Hesse
también me ha dicho que "Jung es un gigante, una montaña gigantesca de
nuestro tiempo". Y me ha pedido que le lleve sus saludos, "los saludos del
Lobo Estepario", ha dicho.
Jung no ha estado bien, en verdad, pero no
padece de enfermedad alguna. Ese día se ha sentido mejor y se ha levantado
para recibirme. La señorita Beiley me pide que subamos, pero me recomienda
que no me quede mucho tiempo para no cansarle. Entramos a su cuarto de
trabajo. Y allí está Jung, sobre su silla, junto a la ventana que da al
lago. Tiene puesta una bata japonesa que le hace parecer un monje del
budismo zen, un samurai antiguo o un mago de otros tiempos. Le nimba una luz
de atardecer y le rodean grabados de la alquimia y un gran cuadro del dios
hindú Shiva, sobre la cima del Monte Kailash. (...)
El sonríe con ésa, su sonrisa, llena de
malicia, de sabiduría y de bondad. Estira su mano hacia su pipa, pero no la
alcanza. Le digo: "Qué bella bata japonesa". Es una bata ceremonial. Saco de
mi bolsillo una cajita de Cachemira, que le he traído de regalo. Él la mira
y me dice: "Es de turquesa". Y luego agrega: "No he estado nunca en
Cachemira, recorrí el sur de la India, Madora, todas esas zonas tan
"Interesantes"". Luego me habla de los hindúes y de los chinos, se refiere a
un libro de un maestro chino del budismo zen, cuyo nombre no recuerdo ahora,
y dice que es lo mejor que ha leído al respecto. Le doy los saludos de
Hermann Hesse y le cuento mi conversación sobre la muerte con el escritor.
Le explico que le he preguntado si hay importancia en saber si existe algo
más allá de la muerte. Jung medita un rato y afirma que la pregunta ha sido
mal hecha, que debí preguntar "si hay alguna razón para creer que exista
algo más allá de la muerte".
Yo le pregunto ahora al Dr. Jung: "¿Y qué
cree usted, hay?". Me responde: "Si la mente puede actuar al margen del
cerebro, entonces funciona al margen del espacio y del tiempo. Y si la mente
funciona al margen del espacio y del tiempo, es incorruptible".
- ¿Y qué cree usted, doctor, qué piensa?
"He visto hombres heridos a bala en el cerebro, durante la guerra, con todas
sus funciones cerebrales paralizadas y, sin embargo, tienen sueños y los
recuerdan después. ¿Qué es lo que sueñan? Hay niños pequeños, que aún no
tienen un yo definido, con su conciencia difusa, repartido en el cuerpo,
quienes tienen sueños personales y profundos que les marcan para toda la
vida. Ahí no hay yo. ¿Qué es eso otro que sueñan?".
- ¿Cree usted, doctor, que exista algo así como un cuerpo sutil, astral, el
"Linga-Sarira", de la filosofía hindú, que se desprenda con la muerte?
"No lo sé; pero he visto materializar objetos y a los mediums mover objetos
a distancia sin tocarlos con el cuerpo físico".
El doctor prosigue:
"Hace algún tiempo estuve muy enfermo, en estado casi de coma; todos creían
que moriría y tal vez pensaban que sufría mucho, porque en ese estado a
menudo el cuerpo hace creer que está sufriendo. Pero en verdad, yo tenía la
impresión de flotar y experimentaba una sensación maravillosa de libertad.
Después lo recordé.
El doctor Jung llevaba siempre en su mano
izquierda un anillo con una gema gnóstica. Egipcia. Hablamos del significado
de ese anillo y él lo explicó: "Todos estos símbolos, me dijo, están vivos
en mí". Era maravillosa su memoria, y su cultura increíble, aún a los 85
años.
..... Hablaba a veces como un poeta, como un mago, como un místico. Una vez
me dijo: "Mi mensaje no es entendido plenamente; sólo los poetas me
comprenden".
Ahora le pregunto:
- ¿Qué va a pasar con el hombre, en la supercivilización técnica que se
avecina? ¿Cree usted que alguien volverá a preocuparse, dentro de veinte
años, del espíritu de los símbolos, en plena era de los viajes
interplanetarios con los "sputnik", los Gagarin y los Shepard? ¿No llegará a
aparecer el espíritu, "démodé"?
El doctor Jung sonríe maliciosamente, y afirma:
- Tarde o temprano el hombre tendrá que volver a sí mismo, aunque desde los
astros. Todo esto que está pasando es una forma extrema de escapismo porque
es más fácil llegar a Marte que encontrarse a sí mismo. Si el hombre no se
encuentra a sí mismo, entonces corre el más grande de todos los peligros: su
aniquilación. También en los viajes al espacio exterior hay un inconsciente
intento de solucionar el más grave de todos los problemas que el hombre
deberá afrontar en el futuro: la superpoblación.
El doctor Jung iba a seguir hablando sobre
este tema importantísimo cuando la señorita Beiley entró a decir que la hija
y el yerno del doctor Jung estaban esperando. Mi promesa de una conversación
breve no se había cumplido.
Pero ahora sé que no importa, pues mi
entrevista iba a ser la última. Y algo tal vez me lo indicaba de este modo,
pues al llegar a la puerta me detuve y volví la cabeza. Jung estaba ahí
mirándome fijamente, con su suave sonrisa y levantaba su mano para hacerme
un gesto de despedida. El último. Su mano con el anillo gnóstico. Me incliné
respetuosamente.
"El Mercurio", 16 de julio de
1961